Guds Lidenskap

 13/09/2020

Guds lidenskap

En un principio, solo existía Égnis, levitando en la eterna e inalterable penumbra, a la vez que emitía una tenue luz.

De su gran alma, Egnis procreó a dos consciencias de luz: Dúnhar y Tármil.

Dúnhar y Tármil coexistían en el vacío como fuerzas opuestas, pero en total equilibrio y armonía, en una danza de ida y venida que Égnis contempló complacido.

Sin embargo, estas entidades no estaban desprovistas de consciencia ni de emociones, sino que por el contrario, sentían un profundo deseo y amor por la totalidad del otro.

Sus danzas fueron acelerándose, mientras se aproximaban el uno al otro. Cuando se tocaron por primera vez, sus almas, siendo opuestas, provocaron un inmenso estallido de luz en el vacío insondable. De este estallido se crearían millares de ascuas, que inundarían al vacío de color y luz, creando así las estrellas.

De entre las ascuas, se crearían rocas que se precipitarían hacia ellos, naciendo así el mundo, que durante mucho tiempo no fue más que el lecho en el que consumarían su amor una y otra vez, pero al no poseer forma física, el acto se asemejaba al choque de dos estrellas.

En el Segundo Encuentro, ambas entidades crearían a los Grandes Árboles, enormes troncos cuyas copas van más allá de las nubes y resultan imposibles de ver, desde donde podrían contemplar sus creaciones. Las viejos cuentos dicen que las montañas se crearon al crecer estos árboles, pues sus raíces eran tan colosales que al extenderse y crecer, empujaban y levantaban la tierra,

En el Tercer Encuentro, sus semillas cayeron a la tierra, creando así a los Viereyåw, también llamados “Virsa-Diren” (Los Primeros Hijos), gigantescos seres de inimaginable poder, que combinaban la oscuridad y agresividad de Dunhar, con luminosidad y benevolencia de Tármil, y que habitarían junto a los Grandes Árboles.

En el Cuarto Encuentro Tármil engendro a las hijas del Mar Luminoso, quienes luego se unirían con los hijos de Dunhar, los Hijos de la Tierra Oscura, para juntos crear a todos los seres que caminan, reptan, vuelan o nadan en el mundo, pues todos ellos están ligados al agua a la tierra. Sin embargo, estas criaturas no poseen almas de luz.

En el Quinto Encuentro, sus semillas crearon a los Antiguos, seres básicos de roca oscura que desgraciadamente no llegaron a poseer alma, pues sus padres no llegaron a dárselas.

Aunque las creaciones de los Dioses eran de agrado de Égnis, algo desconocido ocurrió en su alma, pues Él decidió separar eternamente a Dunhar y a Tármil.

Ambos seres entraron en un profundo sueño como castigo, pero Tármil dejaría su alma a Dunhar antes de caer en el sueño y ser expulsada al vacío.

Al desfallecer ambos, la consciencia de Dunhar, agotada por la pena, se fundió con el mundo, y las almas de ambos seres quedaron separadas y acabaron dentro de dos farolas en dos extremos del mundo: La de Dunhar en las profundidades abisales del mundo, junto a su corazón; y la de Tármil en la cúspide de la copa de los Grandes Árboles. 

Mucho tiempo después, durante innumerables milenios, los hijos últimos o “Laorz-Diren” de Tármil y Dunhar, los Antiguos, que habían sido engendrados en las profundidades, junto a las raíces de los Grandes Árboles, despertaron. Ellos abandonaron el sueño al sentir el llamado del alma de su padre, de cuya oscuridad y poder aprendieron a nutrirse, ganando así almas y consciencia. De este conocimiento y poder que adquirieron, decidieron crear a seres más fuertes y valerosos a su imagen y semejanza, pero en lugar de roca, los crearían de carne, sangre y huesos: Fue así como nacieron los Primeros Humanos o “Þer Virsa-volkk”.

Por otro lado, muchos Antiguos no se sentían atraídos por la oscuridad, y sentían una inmensa atracción por la luz del exterior, la luz de Égnis en el cielo. La oscuridad de las profundidades era tal, que al ver la intensa luz de Égnis, muchos Antiguos quedaron ciegos, otros huyeron de regreso a la penumbra, pero los que sobrevivieron al destello, contemplaron maravillados esa luz. Esta rama de los Antiguos se autodenomino “Tármil’a-Volkk” o Gente de la Luz.

Los Tármil’a-Volkk se asentaron en lo alto de las Montañas Cristalinas, el sitio donde los Padres engendraron los primeros Grandes Árboles, y el lugar que más amaban, pues era el primer y ultimo lugar que la luz del sol tocaba.

Un día, las Gentes de la Luz sintieron un llamado peculiar. Sintieron el llamado de una voz, en lo alto de los Grandes Árboles, desde un lugar más allá de las nubes, a donde el ojo no alcanza a ver. En busca de respuestas, el pueblo se reunió en comunión con su Dios mayor: el Sol, esperando por una respuesta. De pronto, en un destello de luz que inundo las mentes de todos ellos, lo vieron: Un sitio hermoso, indescriptiblemente bello y pacífico, un lugar con un sol que jamás cae, que jamás se esconde y que jamás deja de alumbrar ni de dar calor. Ese lugar se encontraba en la cima de los Grandes Árboles, y ese llamado era el alma de Tármil.

Decididos, marcharon hacia las raíces de los árboles, con el propósito de escalar hasta la cima, pero algo se interpuso entre ellos.

Durante generaciones, los Tármil escucharon las historias de los Viereyåw, esos gigantescos seres que se alzaban como montañas y que eran capaces de invocar la tormenta y los relámpagos. Durante la marcha hacia los árboles, fueron sorprendidos por decenas de estos Titanes, los cuales impedían el paso hacia los árboles. Miles y miles de Tármil perdieron la vida ante las garras y rayos de estas criaturas, por lo que huyeron de regreso a la montaña.

Tiempo después, los Viereyåw atacaron los poblados de los Tármil, asolando a la montaña y sus alrededores. Esto daría inicio a la Gran Guerra de las Raíces, en la que se dieron sucesivos ataques masivos a los Viereyåw, a la vez que se iniciaba una gran marcha con el objetivo de trepar por las raíces de los árboles. La guerra fue ardua, y perduro por meses mientras los pueblos escalaban y se abrían paso por las hendiduras de los grandes troncos, a la vez que perdían más y más gente y se defendían de las inmensas bestias aladas, que los atacaban con incesantes tormentas y ráfagas de relámpagos.

Luego de llegar hasta la cima encontraron la tierra que vieron en su visión: un páramo interminable de gigantescas copas de árboles cuyas ramas se conectaban entre sí, donde el agua de lluvia se acumulaba y formaba enormes cascadas y lagos. Y en lo alto de la copa más alta encontraron el Farol en el que residía el alma de Tármil, a la cual adoraron y de la que consumirían su luz y energía, engendrando así a su descendencia, la cual heredaría sus virtudes y las de Tármil: Los Dioses, los cuales fueron bendecidos con inmenso poder y un gran conocimiento.

Los Dioses fueron llamados “A’neri”, que significa “Angel” o “Emisario”, por los pueblos del mundo durante eones, siendo ese el único nombre que conocemos actualmente, pues los Dioses mismos jamás revelaron el nombre con el que se autodenominaban a los pueblos de la superficie, y solo los Luxa lo conocían.

------

Comentarios

Entradas populares